Siempre un gusto: el clásico bar de Don Rodrigo

De partida, y con el corazón en la mano como dice la canción, “Don Rodrigo” es mi bar favorito. Y acá explico por qué.

DON RODRIGO PIANOTengo un gusto especial por los lugares tradicionales y Don Rodrigo es de esos. Primero, porque el entorno le ayuda ahí en calle Victoria Subercaseaux, bonito lugar, llegando a Merced frente al Cerro Santa Lucía. Imagínalo de noche iluminado en la justa medida con tonos cálidos. El ambiente perfecto.

Eso por fuera. Ya entrando, da la impresión de irse de inmediato unos buenos años atrás. Hay alguien especial para abrir la puerta, el que he visto generalmente vestido con abrigo a lo detective, que te da la bienvenida a este lugar pequeño, de paredes tapizadas y adornadas, y mesas individuales ideales para dos personas. Íntimo.

Una vez ubicado, viene el garzón a atenderte: un caballero, un señor de camisa y humita, que trae consigo una carta simple, plastificada, con un dibujo en la portada al estilo del dibujante y también dueño del Hotel Foresta, Guido Vallejos. Acto seguido, trae también los tradicionales posavasos. Redondos, blancos y con el dibujo del que uno supone es Don Rodrigo.

Llega el momento de revisar la carta. Los precios son accesibles, más baratos que el promedio y la calidad es buena. Al menos yo voy por la piscola. El vaso no es delgado y viene siempre con una rodaja de limón. El precio bordea los $2500 (Alto de 35). Bien.

DON RODRIGO POSAVASOSHay varios cócteles para elegir, todos los tradicionales, así que hay variedad. He probado el Ruso Blanco y el Tom Collins, y están bien preparados. Todos son hechos por el barman, un caballero calvo que está en la barra y tiene cara de saber lo que hace.

Y si hay hambre, siempre hay tablitas o sánguches que igual son baratos (no cuestan más de $3000). Te los traen en un plato con servicios metálicos con mango de plástico color naranja. Retro.

¿Hay más?

Sí, tiene música en vivo. Hay un piano instalado en una esquina del bar, pero no lo tocan. El músico que va lleva su teclado, lo pone encima del piano y toca los éxitos que estime convenientes. Hace un tiempo cantaban, luego hubo uno que apelaba a los hits instrumentales, y en ocasiones va alguien a cantar con guitarra.

Es variada también la oferta musical que adorna este lugar que se une con el hotel a través de una puerta, que lleva a una recepción donde uno debe ir a pagar la cuenta cuando es con tarjeta. Por lo demás, un detalle no menor: también se puede pedir una habitación, si es que en una de esas Don Rodrigo fue un buen aliado y trajo suerte. Qué se yo. Nunca se sabe.

barra don rodrigo

Ya cerca de las dos de la madrugada se empieza a cerrar el boliche. Cierra el bar, ya no se puede pedir nada más. Los garzones se alistan para el turno mañanero del hotel; otros, con menos apuro, empiezan a cerrar las cuentas.

Es hora de irse y uno emprende la retirada de Don Rodrigo, un pequeño viaje en el tiempo que uno se da en este bar, mi favorito. Ya conocen las razones.